Fronteras del «Insularismo» de Pedreira

El libro Insularismo de Antonio S. Pedreira, fue publicado originalmente en 1934. El estudio pretende identificar los elementos que caracterizan nuestra cultura y sicología colectiva. El libro está dividido en cinco capítulos. El primero, “La brújula del tema”, sirve a modo de prólogo donde el autor expone que su trabajo no es “producto de un análisis científico” sino de la meditación de hechos y actitudes, “sin pretensiones bastardas”. Pedreira aclara que su ensayo no aspira a “resolver problema alguno, sino más bien a plantearlo”, pues constituye una de las muchas posiciones que se pueden adoptar frente a la interrogante de ¿cómo somos o qué somos los puertorriqueños?[1]

El segundo capítulo, “Biología, Geografía, Alma”,[2] se divide a su vez en tres partes. La primera, “El hombre y su sentido”, es un planteamiento de determinismo biológico en el que Pedreira asegura que la mezcla de razas del puertorriqueño trajo consigo la lucha entre la herencia blanca símbolo de rebeldía y la negra con su docilidad. Pedreira ignora totalmente las rebeliones de esclavos, así como la herencia indígena en la sangre puertorriqueña. La segunda parte del segundo capítulo, “La tierra y su sentido”, plantea cómo la geografía de la Isla determina el comportamiento de sus habitantes. Según Pedreira, la humedad y el calor tropical “derriten” la voluntad del puertorriqueño; los huracanes y terremotos promueven el pesimismo; y la pequeñez de la isla promueve la sobrepoblación. En fin, pareciera que los puertorriqueños solo somos rocas a merced del viento, la lluvia y el calor. A Pedreira se le escapa brevemente un mini discurso nacionalista cuando dice que la tierra “se encuentra acaparada en las garras de las grandes centrales”, pero regresa a su pesimismo y asegura que por culpa del tamaño de nuestra tierra tenemos que operar siempre en “diminutivo”. En la tercera parte, “Alarde y expresión”, Pedreira señala la carencia de una historia de la literatura puertorriqueña y hace su propuesta de los libros que representan nuestra historia y cultura. Resalta las Memorias de Alejandro Tapia y El Gíbaro de Manuel Alonso.

El tercer capítulo lleva por título “El rumbo de la historia”[3]. Cada una de sus partes, sirve a Pedreira para elaborar su discurso sobre las etapas de la historia de Puerto Rico. En “Levando el ancla”, habla de la formación y acumulación pasiva (siglos XVI, XVII, XVIII y comienzos del XIX), donde fuimos una “prolongación de la cultura hispánica”. En “Buscando el puerto”, vivimos la etapa del despertar y la iniciación (siglo XIX), en la que descubrimos “un ademán independiente dentro de aquélla”. En “Intermezzo: una nave al garete”, se presenta la etapa de la indecisión y transición (desde la invasión estadounidense hasta el momento en que el autor escribe, en la tercera década del siglo XX), en la que la cultura sajona se superpone a la continuación del desarrollo de la hispánica.

El cuarto capítulo se titula “Viejas y nuevas taras”,[4] y en su primera parte, “Tablero de ajedrez”, se plantea el problema de la educación. Pedreira critica que los maestros no tengan vocación y que no lean. Luego deja salir un discurso machista al lamentarse del “peligroso acaparamiento por parte de la mujer de las tareas escolares”. El autor señala que:

“La mujer, por temperamento, es más blanda y menos agresiva que el hombre y no ha podido todavía independizarse de la frivolidad. Vive entre apariencias y temores y en general se conforma con arañar las cosas sin penetrar en su meollo. Sus votos son para la paz y no para la guerra; su elemento es la lírica y no la épica; la vida le parece más bella cuando la ve pasar al fondo de un espejo.”[5]

En la segunda parte del cuarto capítulo, “Nuestro retoricismo”, Pedreira explica que la “verborrea” del puertorriqueño tiene su origen en la vigilancia y censura gubernamental. La tercera parte, “Nos coge el holandés”, hace referencia a la expresión de Damián López de Haro para explorar los factores que han contribuido al Insularismo o aislamiento del pueblo puertorriqueño. Critica la concepción de Puerto Rico como “puente entre dos culturas” porque al ser un puente, los demás nos pueden pasar por encima.

El quinto y último capítulo, titulado “La luz de la esperanza”,[6] presenta su “Afirmación puertorriqueña”. Tras reseñar las dudas de Rosendo Matienzo Cinturón y Mariano Abril sobre la existencia de un alma puertorriqueña, Pedreira asegura que sí existe, pero que está dispersa y fragmentada. Expone que si los franceses tardaron más de diez siglos en construir su alma, “¿cómo suponer que nosotros la hayamos creado en un solo siglo de historia…?”. Pareciera que, para el autor, la historia de Puerto Rico comenzó en el siglo XIX, y que los primeros siglos de dominio español fueron solo prehistoria. En la segunda parte, “He aquí las raíces”, Pedreira asegura que existe una manera inconfundible de ser puertorriqueños, pero que no ha podido desarrollarse plenamente. La nueva cultura estadounidense sometió a la puertorriqueña a un “proceso químico”, por lo que habrá que esperar a que termine la “indecisión” de esos años para que pueda culminarse la transformación cultural del pueblo de Puerto Rico.

La tercera parte, titulada como el verso de Rubén Darío, “Juventud, divino tesoro”, presenta a los jóvenes como una “generación de inválidos” que necesitan de un maestro que los guíe. Dice que hay que aprender a producir, en vez de consumir. Para explicar este punto da como ejemplo el panorama de la música en Puerto Rico. Expone que en la Isla hay muchos músicos virtuosos, como las familias Sanromá y Figueroa, una Orquesta Sinfónica y organizaciones que promueven la música, pero no hay compositores, por lo que la ejecución supera a la creación. Nos dice que para “conocer el alma de un pueblo culto hay que recurrir a su poesía, a su pintura y a su música.”[7] Vemos que Pedreira ignora el valor de la música popular como expresión cultural. En el momento que escribe, ya dos de nuestros más grandes compositores, Pedro Flores y Rafael Hernández, construían su legado en el pentagrama puertorriqueño.

Pedreira culmina su discurso reafirmando el poder de la cultura en la construcción del puertorriqueño, y que el camino está en “desempolvar el pasado para despejar el horizonte”. Reconocemos la importancia del conocimiento de la historia de nuestro pueblo en la construcción de su identidad, el problema radica en que Pedreira evoca un solo elemento de ese pasado, el hispanófilo, descartando toda la riqueza cultural de nuestra herencia indígena y africana.

Datos biográficos de Antonio S. Pedreira (1898-1939)

Antonio Salvador Pedreira nació en San Juan el 13 de junio de 1898 y murió en Hato Rey el 23 de octubre de 1939.[8] Estudió la escuela primaria en Caguas y la secundaria en Río Piedras. Siguió estudios en la Universidad de Puerto Rico y en universidades en los Estados Unidos. Culminó un Doctorado en Filosofía y Letras en España. Fue profesor de literatura española y Director del Departamento de Estudios Hispánicos en la Universidad de Puerto Rico. Instauró el primer curso de Literatura Puertorriqueña en la UPR. Colaboró para varias publicaciones periódicas; entre éstas sobresale la revista El Índice, en la que laboró junto a Alfredo Collado Martell, Samuel R. Quiñones y Vicente Géigel Polanco. Antonio S. Pedreira perteneció a la llamada “Generación del ’30” que buscó la reafirmación puertorriqueña frente a las relaciones de subordinación con Estados Unidos. Al igual que los historiadores de su generación, Pedreira se dedicó a lo que Casillas Álvarez llamó la “contemplación sentimental” con su tradición de hacer “pequeña historia” y “geografía pequeña”.[9] Su obra Insularismo está marcada por un profundo fatalismo y tristeza. Las frases del tipo “somos un pueblo triste” y “Puerto Rico es un pueblo deprimido” abundan en su interpretación del alma puertorriqueña. Pedreira fue ensayista, poeta, periodista y crítico literario. Sus publicaciones fueron: De los nombres de Puerto Rico (1928), Aristas (Ensayos) (1930), Hostos, ciudadano de América (1932), Bibliografía puertorriqueña (1932) e Insularismo (1934).

Bibliografía

Casillas Álvarez, Juan. “El pensamiento historiográfico de Puerto Rico.” En Rojo: Claridad. 27 noviembre-3 diciembre, 1981, 8-9.

López Baralt, Mercedes. Sobre ínsulas extrañas: El clásico de Pedreira anotado por Tomás Blanco. San Juan: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 2001.

Pedreira, Antonio S. Insularismo. San Juan: Ediciones Norte, 2003.

Notas

[1] Antonio S. Pedreira, Insularismo (San Juan: Ediciones Norte, 2003), 13-17.

[2] Ibíd, 19-48.

[3] Ibíd, 49-67.

[4] Ibíd, 68-93.

[5] Ibíd, 74.

[6] Ibíd, 94-126.

[7] Ibíd, 126. (Énfasis añadido.)

[8] En algunos textos aparece la fecha de nacimiento en 1899.

[9] Juan Casillas Álvarez, “El pensamiento historiográfico de Puerto Rico”, En Rojo: Claridad. 27 noviembre-3 diciembre, 1981, 8-9.