Fernando Ortiz: El engaño de las razas

Uno de los remanentes de la esclavitud en América es el racismo; esa creencia de superioridad de una raza sobre otra; de unas razas predestinadas a la dominación y otras a la servidumbre. Esos “destinos”, basados en distorsionados argumentos filosóficos, bíblicos, antropológicos, evolutivos y genéticos, se utilizaron durante la época de la esclavitud indiana y africana –y todavía después de esta– para justificar la explotación de unos seres humanos en beneficio de otros.

Para poder vencer el racismo es preciso desenmascarar cada uno de los mitos que lo respaldan. En el libro El engaño de las razas, el investigador cubano Fernando Ortiz debate cada uno de los argumentos utilizados a lo largo de la historia para promover la esclavitud y la desigualdad social, económica y política. El autor ataca el prejuicio que sufren no solo los negros e indios en América, sino también los mulatos, asiáticos y todos los seres humanos que no forman parte de la “raza selecta”.

El libro es el resultado una cátedra acerca de “La formación étnica y social del pueblo cubano”, que el autor brindó en el Instituto Universitario de Investigaciones Científicas y Ampliación de Estudios de La Habana. Su propósito fue “contribuir a clarificar las ideas y las conciencias acerca de las razas, exponiendo las conclusiones de la ciencia contemporánea acerca de las mismas”.[1] Fernando Ortiz establece que los “problemas de raza” son muy importantes en el Nuevo Mundo. Asegura que “toda América es mestiza” y que su historia no puede comprenderse sin tomar en cuenta todas las esencias étnicas que se han fundido en el continente en un fenómeno de transculturación recíproca.

Se debe tomar en consideración el momento histórico en el que el autor concibe y publica la obra: la culminación de la Segunda Guerra Mundial. De ahí el lector puede inferir un propósito educativo que va más allá de la comprensión del concepto “raza” en el contexto geográfico americano. El mismo autor destaca la urgencia de fortalecer el ideario defensivo ante “las conmociones sociales e imperialistas que en sus oleajes y resacas traen de nuevo a la arena el horror de los racismos”.[2]

El libro está dividido en 12 capítulos en los que el autor presenta datos y define conceptos acompañándolos de ejemplos relacionados con los tipos humanos que habitan en América. En el primer capítulo, titulado “La raza, su vocablo y su concepto”, Ortiz explica que los seres humanos siempre han reconocido diferencias entre sí, más allá del mundo esclavo. De ahí surge que cuando a una tribu o grupo le resultaba extraño un ser humano podían considerarlo peligroso, subhumano, no hombre o, en otros casos, sacro o sobrehumano. Ortiz procede a mencionar diferentes grupos étnicos y civilizaciones que a lo largo de la historia han pensado así. Un ejemplo son los negros bakongo, que clasifican a los hombres en 4 grupos: el primero lo constituyen ellos mismos; le sigue el grupo de los portugueses, que son los europeos que los dominan; en el tercer grupo están los blancos, que son los europeos con quienes se relacionan, sin categoría de autoridad; y el cuarto grupo lo definen como los “bangundu” o seres humanos que al morir se transforman en cocodrilos. El autor también da el ejemplo de los negros bantú, para quienes los “hombres” son solo aquellos que pertenecen a su tribu.

Ortiz nos explica que el concepto “raza” es relativamente nuevo en la historia. Su aparición se fija en el siglo 16, aunque adquirió su sentido presente en la época de la Revolución Francesa. Asegura el autor que el concepto de raza no se encuentra en la literatura de Egipto, Judea, Grecia y Roma. En cambio se utilizaban los términos “casta”, “gente”, “nación” y “naturaleza”. El autor establece que la voz española “raza” pudo venir desde el vulgo campesino que la tomó del árabe ra’s, utilizada en referencia a la crianza de caballos. De ahí el término pasó a la trata de esclavos, donde la raza servía para diferenciar las características de la mercancía, pues hubo esclavos paganos, judíos, cristianos y musulmanes, así como negros del sur del Sahara, y blancos del Báltico y del Cáucaso. El autor brinda varias definiciones del concepto raza y escoge una de ellas para guiar el análisis que presentará en los siguientes capítulos:

“La raza es una gran división de la humanidad, cuyos miembros, aun cuando individualmente variados, se caracterizan como grupo humano por una cierta combinación de rasgos morfológicos, principalmente no adaptativos, los cuales proceden de su común descendencia”.[3]

En el segundo capítulo, “Los caracteres somáticos[4] y las razas”, el autor comienza a analizar los argumentos de racismo por el color de la piel. Habla sobre la pigmentación de la piel como la característica más evidente de “visibilidad racial”. Establece que todos los seres humanos son de color, pues todas las pieles humanas contienen 5 pigmentos: melanina, melanoide, carotene y dos formas de hemoglobina, con y sin oxígeno. La tonalidad de la piel dependerá de la combinación de esos pigmentos en diferentes proporciones, sin los cuales la piel se tornaría casi transparente, dejando entrever los músculos y órganos. Una persona blanca puede tener un 8% de melanina en su piel, mientras que la piel de una persona negra puede alcanzar un 68% del mismo pigmento. Añade el autor que en los pueblos donde existió la esclavitud africana, llamar “negro” a alguien podría considerarse insultante, de igual forma entre algunos negros de África la piel blanca podía relacionarse con los muertos y con los espectros. Como ejemplo, el autor indica que los negros bakondo consideraban al albino como la reencarnación de un jefe muerto, pues la blancura de la piel reflejaba su origen sobrenatural.

El autor también hace referencia a las clasificaciones que diversos científicos dan a los tipos de cabellos: lisos, ondulados y rizados o crespos. Los cabellos lisos se asocian a los mongoloides, los ondulados a los blancos y los rizados a los negros. Por último, Ortiz señala las diferenciaciones por el tipo y tamaño de la cabeza, la forma de la nariz, los párpados, la mandíbula y los labios. Estas descripciones serán utilizadas en adelante por el autor para criticar los diversos argumentos de superioridad de razas.

El tercer capítulo, “Variedades y variantes de los caracteres somáticos”, Fernando Ortiz plantea que el concepto “raza” se ha construido sobre una extensa variedad de caracteres, pues en la naturaleza misma todo es variedad. Explica que no hay dos individuos iguales ni en el espacio ni en el tiempo porque la naturaleza es desigualitaria. Advierte que incluso en los casos de gemelos idénticos la semejanza es invertida, pues las simetrías naturales que en uno se ven en el lado derecho, en el otro se verán en el izquierdo. Añade que la naturaleza solo hace individuos y que estos son los que luego se agrupan en razas, las que a su vez son como máscaras que cubren la individualidad de los seres humanos. Esto hace de la raza una clasificación arbitraria, puesto que dependerá de la manera en que los mismos individuos clasifiquen y agrupen los caracteres corporales. Finalmente, el autor critica las clasificaciones estadísticas de las razas.

El cuarto capítulo, “Variaciones genealógicas de los caracteres somáticos”, Fernando Ortiz toma las teorías de la herencia y el proceso genético para explicar cómo las características atribuidas a una raza se ven afectadas por esos procesos. Indica que la herencia por un lado promueve la conservación y, por el otro, el cambio. Las leyes de Mendel derrumban el mito de las “razas”, pues la herencia impide la “pureza de sangre”. El autor plantea que al igual que blanco con mulata no da a negro, negro con mulata tampoco da blanco. Los genes dominantes solo esconderán por un tiempo a los recesivos, por lo que la posibilidad de combinaciones es infinita. De ahí el autor truena contra las clasificaciones de “cuarterones” y de los llamados “saltos atrás”, pues la combinación genética no se da como la mezcla de café con leche, en proporciones exactas, sino de formas mucho más complicadas. Concluye que toda criatura es una variación, por lo que las generaciones son renovaciones perpetuas entre las que se pierde la “raza”.

En el quinto capítulo, “Variaciones mesológicas de los caracteres somáticos”, Fernando Ortiz se adentra en el mundo de la microbiología y explica de manera clara y sencilla cómo los factores hereditarios pueden ser “conservadores” o “reformistas”. Su interés es seguir rompiendo los mitos sobre la pureza de las razas. Explica cómo las combinaciones genéticas se dan libremente, por lo que los caracteres raciales siempre serán cambiantes. Añade a la discusión la influencia del medioambiente en el resultado de las combinaciones genéticas, al igual que las posibilidades de mutaciones que pueden afectar el resultado final. Concluye que la raza se hace y deshace por unas mismas causas; que fluye en el tiempo y se transforma continuamente.

El sexto capítulo, titulado “Las razas de las almas”, el autor presenta los postulados que establecen los racistas sobre la espiritualidad de las razas. Critica lo absurdo del argumento sobre la existencia de “negros con alma blanca” o de “blancos con alma negra”. Cita y analiza diversos textos literarios –entre ellos de Montesquieu, Góngora, San Benito de Palermo, Quevedo– en los que las situaciones negativas, las desventuras y hasta los espíritus son siempre negros. Da ejemplos de cómo ese pensamiento se refleja hasta en el folklore. Establece que todo ello fue parte de la estrategia europea para explotar a los esclavos, indios y negros, pues era necesario demostrar que estos no tenían moral ni conocimiento de Dios en aras de justificar lo injustificable.

En el séptimo capítulo, “Los caracteres somatopsíquicos y las razas”, Fernando Ortiz explica diversos enfoques en torno a la relación biológica entre la psiquis y el cuerpo con el objetivo de derrotar la idea de una psicología racial. El autor se remonta al siglo 16, cuando Fray Bartolomé de las Casas, en su Apologética Historia de las Indias, explicó por qué los indios del Nuevo Mundo eran mayormente de “buena capacidad, aprehensión y buen juicio”. Las Casas basó su aseveración en la observación del tamaño y la forma de la cabeza de los indios, así como en el clima en el que vivían. Ortiz advierte que, en sus inicios, la antropología examinó cráneos y cerebros con el objetivo de descubrir la conexión de la morfología y las manifestaciones psíquicas; pero no hay resultados concluyentes, lo que derrumba la teoría de Las Casas. Ortiz procede a relatar los resultados fallidos de diversos estudios científicos –sobre bioquímica, endocrinología y electricidad en el cerebro– además de estudios de sicólogos y criminalistas, dirigidos a establecer una relación entre la capacidad mental y las características físicas. Concluye el autor que tal relación no existe.

En el octavo capítulo, “Los caracteres psíquicos y las razas”, Fernando Ortiz establece que todos los pueblos tienen para sí una sicología racial a través de la cual interpretan a su modo las características síquicas que creen encontrar en los nativos de otras regiones. Menciona que el refranero cubano –al igual que el de todos los pueblos– contiene calificativos con expresiones de raciología popular. Por ejemplo, se le dice bárbaro (no helénico) al fiero, inculto o brutal; sueco al que se hace el sordo; aragonés al testarudo; guajiro (indio de la península Guajira en Venezuela) al montaraz, huraño y campesino; y jíbaro (indio guerrero suramericano) a la persona huidiza. El autor expone que se ha querido descubrir el carácter o personalidad de cada grupo humano o raza a través de procedimientos experimentales. Detalla algunos de los experimentos y sus resultados. Concluye que no existe una “selección natural” de las mentes, sino más bien una “domesticación de las almas” que es lo que él define como cultura. Las culturas no son las razas; en una misma cultura pueden participar individuos de diversas razas al igual que miembros de una misma raza pueden pertenecer a diferentes culturas.

En el noveno capítulo, “Natura y hechura”, Fernando Ortiz plantea la importancia del ambiente en la formación de los caracteres físicos y psíquicos de los seres humanos. Recuerda que el ser humano es un animal social, por lo que la sociedad es su tercera naturaleza. Procede a analizar diversas teorías sobre la influencia de la herencia y el ambiente en el desarrollo humano. Concluye que lo ambiental prevalece sobre lo natural en cuanto a la conducta se refiere, aunque reconoce nuevamente el rol de la cultura en el proceso de desarrollo de la conciencia, y su influencia directa en el carácter.

En el décimo capítulo, titulado “Razas puras y razas impuras”, Fernando Ortiz indica que es imposible creer en la pureza de las razas, pues toda la población humana ofrece variedad de rasgos corporales, tipos fisonómicos, cruzamientos genéticos y herencias biológicas. El autor establece que la raza pura es una ficción. Luego presenta diversos argumentos racistas en torno a la pureza de las razas y va desmantelando uno a uno los mitos religiosos, filosóficos y hasta científicos en torno a esas aseveraciones. El autor concluye que el ser humano es la más mestiza de todas las criaturas y que el mestizaje no es la excepción, sino la norma.

En el undécimo capítulo, “La jerarquía de las razas” el autor plantea la interrogante sobre si existen razas superiores y razas inferiores. Nos remite a la época primitiva en la que los grupos humanos se dividían utilizando su criterio de superioridad frente a los otros. Plantea cómo el pensamiento filosófico en cuanto a la superioridad de las razas evolucionó a través del tiempo y cómo en diferentes épocas los grupos dominantes tomaron los argumentos que les convenían para justificar la dominación y explotación económica de otros grupos. Ortiz procede a analizar la teoría de la evolución biológica del ser humano desde el mono, tomando en cuenta las características de color de piel, ángulo facial, el tipo de cabello, la forma de la nariz, entre otras. Plantea que según las características que se utilicen, así será el orden en el que cada grupo (negros, blancos y amarillos) quedará en la escala evolutiva en relación con los monos. En ocasiones el negro será “más evolucionado” que el blanco y el amarillo, y viceversa. El autor concluye que no hay jerarquías entre las razas.

En el último capítulo, “¿Hay razas humanas?”, Fernando Ortiz presenta las conclusiones de sus análisis. Plantea que, a pesar de aceptar inicialmente la definición de Hooton del término “raza” (presentada en el primer capítulo), no cree que existan “razas humanas”. Dice que el término está muy desprestigiado en el campo científico como para tomarlo en serio. Al tener una raíz semítica vinculada al comercio de caballos, el concepto “raza” es esencialmente discriminatorio; originariamente y casi siempre jerarquizante. Al utilizarse en la ganadería el término tiene “sabor de animalidad”, por lo que los racistas, al insistir en su uso, consideran a los pueblos como manadas.

El autor añade que el término tiene varias acepciones, dependiendo del punto de vista. Se le confunde erróneamente con el concepto cultura, como el conjunto de medios sociales que tiene un grupo humano para luchar en la vida. En el ámbito político, se usa “raza” como sinónimo de nación, pueblo, gente, casta y clase. En el campo de la biología, dice el autor, “raza” es un concepto metodológico de clasificación, inferior a los de “especie” y “género” y análogo al de “subespecie”. Por eso, decir “la raza humana” es una contradicción.

El trabajo de Fernando Ortiz en El engaño de las razas cumple su objetivo primordial de analizar y criticar los argumentos religiosos, filosóficos y científicos sobre las razas. El entendimiento de estos conceptos nos ayuda a romper con los mitos de la superioridad de unos grupos humanos sobre otros; mitos que han sido utilizados en la historia para imponer la explotación y desigualdad. De esta forma, construimos una sociedad más justa.

Datos biográficos de Fernando Ortiz:

Fernando Ortiz Fernández nació el 16 de julio de 1881 y murió el 10 de abril de 1969 en La Habana. Vivió su infancia y adolescencia en las islas Baleares, España, donde cursó estudios hasta el bachillerato. En 1895, regresó a Cuba y comenzó a estudiar leyes en la Universidad La Habana, estudios que terminó en Barcelona. Culminó su Doctorado en la Universidad de Madrid. Trabajó en el servicio consular cubano, ocupando las cancillerías de La Coruña, Génova y Marsella. En 1906, fue nombrado abogado fiscal de la Audiencia de la Habana.  Fue profesor en Facultad de Derecho Universidad La Habana.

Fernando Ortiz es considerado una de las figuras científicas de mayor trascendencia de América Latina y el más importante etnólogo y antropólogo cubano. Fue miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País desde 1907 y su director de 1923 a 1932. Fue miembro de la Academia de la Historia desde su fundación hasta 1933. Integró la Cámara de Representantes de Cuba, desde 1917 hasta 1927 y elaboró el Proyecto de Código Criminal Cubano, que contenía un programa de reformas legislativas y administrativas muy avanzado para su época.  Representó a Cuba como delegado oficial en numerosos congresos internacionales de índole científica y académica.

Figuró en el Grupo Minorista, de gran repercusión en la cultura y política cubanas en la década del treinta, y se relacionó muy estrechamente con intelectuales y artistas de renombre, como Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Nicolás Guillén y Alejo Carpentier. Ortiz se dedicó al descubrimiento de lo cubano y al rescate y revalorización de la presencia africana en la cultura cubana. Indagó y profundizó en los procesos de transculturación y formación histórica de la nacionalidad cubana.

Se dedicó no solo a la etnología, sino que abarcó también las ramas de la sociología, lingüística, musicología, jurisprudencia y crítica. Publicó más de cien títulos, entre los que figuran: Apuntes para un estudio criminal: Los negros brujos (1906); Los mambises italianos (1909); Entre cubanos (1914); Los negros esclavos (1916), Los cabildos afrocubanos (1921); Historia de la arqueología indocubana (1922); Glosario de afronegrismos (1924); Alejandro de Humboldt y Cuba (1930); Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940); Martí y las razas (1942); Las cuatro culturas indias de Cuba (1943); El engaño de las razas (1946); El huracán, su mitología y sus símbolos (1947); Los bailes y el teatro de los negros en el folklore de Cuba (1951); Los instrumentos de la música afrocubana, cinco volúmenes (1952); e Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959). Algunas de sus publicaciones póstumas son: Hampa afro-cubana… Los negros curros (1986); La santería y la brujería de los blancos (2000); Culecció d’els mal-noms de Ciutadélla (2000) y Visiones sobre Lam (2002).

Fernando Ortiz fue fundador y director de diversas publicaciones: Revista Bimestre Cubana, reeditada de nuevo desde 1910; Revista de Administración Teórica y Práctica del Estado, la Provincia y el Municipio (1912); Archivos del Folklore (1924); Surco (1930) y Ultra (1936).  También creó instituciones, como la Sociedad del Folklore Cubano (1923); Institución Hispanocubana de Cultura (1926); Instituto Panamericano de Geografía (1928); Sociedad de Estudios Afrocubanos (1937); Institución Internacional de Estudios Afroamericanos (1943) e Instituto Cultural Cubano-Soviético (1945).

Bibliografía

Diccionario de la Real Academia Española. 22da ed. España: Espasa, 2001.

Fernando Ortiz: Founder of AfroCuban Studies en http://www.afrocubaweb.com/ortiz.htm

Fundación Fernando Ortiz en http://www.fundacionfernandoortiz.org/fortiz.htm

Jiménez, Camilo. “Fusilado: Fernando Ortiz”, en El ojo en la paja. Publicado el 29 de octubre de 2008 en http://elojoenlapaja.blogspot.com/2008/10/fusilado-fernando-ortiz.html

Ortiz, Fernando. El engaño de las razas. La Habana: Páginas, 1946.

Sierra, J.A. (comp.) History of Cuba en http://www.historyofcuba.com/history/race/Ortiz-1.htm

Notas

[1] Fernando Ortiz, El engaño de las razas (La Habana: Páginas, 1946), 14.

[2] Ibíd., 15.

[3] La definición es de E.A. Hooton, profesor de antropología en la Universidad de Harvard, según citado por Ortiz.  Ibíd., 50.

[4] Somático: síntoma cuya naturaleza es eminentemente corpórea o material, a diferencia del síntoma síquico. Diccionario de la Real Academia Española. 22da ed. (España: Espasa, 2001), 1418.